Dra. Gloria Ortega Pérez
Dra. Gloria Ortega Pérez:
“El mayor riesgo no está en la ejecución de la técnica, sino en la selección de los pacientes”.
Formada en la Universidad Autónoma de Madrid y especializada en Cirugía General y del Aparato Digestivo en el Hospital Universitario 12 de Octubre, la doctora Gloria Ortega Pérez (Madrid, 1968) pertenece a una generación de cirujanos que vivió en primera persona la transformación de la cirugía oncológica en España. A comienzos de los años 2000 dio un paso decisivo en su trayectoria al trasladarse al Washington Cancer Institute para formarse junto a Paul H. Sugarbaker, pionero de la cirugía de superficie peritoneal. Aquella estancia —en un momento en el que la oncología quirúrgica apenas tenía reconocimiento como tal en el sistema español— marcó su forma de entender la práctica clínica y el trabajo multidisciplinar en el tratamiento del cáncer.
Tras regresar a España, puso en marcha en el Hospital Universitario de Fuenlabrada una de las unidades de oncología peritoneal con mayor actividad del país. Desde 2002 forma parte del MD Anderson Cancer Center Madrid-Hospiten, donde actualmente es jefa de Cirugía de Mama y corresponsable del programa de Oncología Quirúrgica Peritoneal. Su trabajo combina la cirugía oncológica digestiva y peritoneal con la cirugía de mama y la oncoplastia, además de la incorporación de técnicas mínimamente invasivas y robóticas.
P: ¿De dónde viene su vocación médica? ¿Había médicos en su familia?
R: No, en mi familia no había ningún médico. Con perspectiva, creo que fue una decisión en parte circunstancial. Siempre tuve una inclinación clara hacia las ciencias y al terminar COU tenía buenas notas. En aquel contexto, estudiar Medicina representaba la oportunidad de unir ese interés científico con algo que, con el tiempo, he reconocido como una constante en mí: una vocación de servicio, la preocupación por los demás.
En una familia sin tradición médica, la elección tenía también un componente simbólico. Para mis padres suponía un motivo de orgullo muy ligado a esa aspiración de progreso de la clase media de la época, y ese reconocimiento también influyó. La medicina llegó así. La cirugía apareció después, ya durante la carrera.
Con el tiempo uno percibe con claridad la diferencia entre ambas disciplinas. La cirugía es, ante todo, resolución: hay un problema, se puede solucionar y lo solucionas. Pero es también un arte. Trabajas con las manos, buscas la precisión, la funcionalidad y, en el mejor de los casos, algo cercano a la perfección. Suelo comentar, con cierto trasfondo real detrás de la broma, que quizá haya algo de herencia en esa afinidad: mi abuela materna era costurera y mi abuelo paterno, carnicero. Gente de oficio, de trabajo manual bien hecho. Puede que algo de eso haya quedado.
“Tan importante como crear nuevas unidades de oncología peritoneal es cuidar la colaboración entre las que ya existen y apoyar a las que están empezando”
P: Usted solía decir “soy cirujano y chica”. ¿De dónde viene esa fórmula? ¿Encontró resistencias por ser mujer en un ámbito tan masculinizado?
R: La expresión surgió en casa. Cuando mis hijos eran pequeños y me preguntaban a qué me dedicaba, yo respondía que era cirujano. A medida que fueron creciendo, añadían: “Pero eres cirujano chica, ¿no?”. Y la fórmula se quedó.
También conecta con algo que siempre me ha acompañado: la cuestión del lenguaje y del género en nuestra profesión. Mi título de licenciatura dice “licenciado en Medicina y Cirugía”; el de la especialidad ya recoge “médica especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo”. El lenguaje fue cambiando, pero no siempre de forma que uno se reconozca del todo en él. Por eso, según el contexto, sigo utilizando indistintamente “cirujano” o “cirujana”.
En cuanto a las resistencias: existían, y sería deshonesto negarlo. Cuando inicié la residencia en el Hospital 12 de Octubre, en 1992, era un ámbito muy masculinizado. Sin embargo, siempre tuve la convicción de que mi presencia allí respondía a mi esfuerzo y mi preparación, no a ninguna concesión. En aquella época era frecuente escuchar, casi como un elogio, que las residentes de cirugía eran “muy duras, casi como hombres”. Lo interiorizábamos como una exigencia añadida: estar a la altura, resistir el ritmo, no fallar. Hoy esa comparación resulta reveladora de lo que era el ambiente entonces.
Lo recuerdo sin amargura; era el contexto de aquel momento. Las cosas han cambiado mucho, aunque todavía queda camino por recorrer, especialmente en los puestos de liderazgo.

P: Usted se formó fuera de España y pasó por Washington, entre otros centros. ¿Qué le aportó esa experiencia y cómo cambió su forma de ver la cirugía?
R: Siempre he tenido interés por salir de mi entorno, y de algún modo he ido uniendo esa inclinación con mi trayectoria profesional. La experiencia en Washington no fue la primera. Durante la carrera estuve en Brno (en la entonces Checoslovaquia) y en Houston, a través de programas de intercambio, algo así como el Erasmus de la época, y ya entonces me interesaba observar cómo variaban la práctica médica y la percepción de la enfermedad según el contexto cultural. Durante la residencia continué saliendo: estuve en Brooklyn en un hospital general y luego en tres ocasiones en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, donde empezó a despertar mi interés por la oncología, primero en el ámbito digestivo y luego en cirugía de mama. Todo ese recorrido previo fue importante.
Washington fue cualitativamente distinto porque acudí ya como cirujano en ejercicio. Trabajaba en Ciudad Real cuando decidí marcharme para formarme con Sugarbaker. No fue sencillo. En mi entorno se percibía con cierto escepticismo; no se entendía bien a qué iba ni qué podía aportar esa formación. Acababa de conseguir una plaza estable tras unos años de contratos precarios, me había comprado un piso, y aun así decidí dar el paso. Para poder marcharme conservando mi puesto, tuve que justificarlo ante la administración, el antiguo Insalud; recuerdo que entonces el concepto de cirugía oncológica era prácticamente desconocido en España. Estamos hablando del año 2000.
La experiencia fue una revelación. Sugarbaker había construido una disciplina casi desde cero y, curiosamente, en Estados Unidos su figura era controvertida; la mayoría de sus colaboradores eran extranjeros. Poder participar de cerca en algo que llevaba décadas desarrollándose, con acceso directo al tratamiento de los pacientes y responsabilidad real, cambió por completo mi forma de entender la cirugía oncológica. Aprendí que no basta con operar bien; hay que entender la biología del tumor, conocer las opciones terapéuticas y tomar decisiones dentro de un equipo. Esa etapa me enseñó a pensar en términos de programa, no solo de procedimiento. Y esa inquietud no se ha cerrado: posteriormente estuve en el Netherlands Cancer Institute en Ámsterdam, becada por la ESSO en un programa de cirugía de mama, y hace no mucho pasé tres semanas en Taiwán profundizando en cirugía mínimamente invasiva y robótica de mama. Una no deja nunca de aprender.

P: Ha trabajado en ámbitos muy distintos: digestivo, mama, peritoneo, cirugía endocrina. ¿Hay un hilo conductor o responde más bien a las circunstancias?
R: Probablemente haya una combinación de ambas cosas. Cuando me formé en el 12 de Octubre el enfoque era amplio: patología digestiva, mama, endocrino, obesidad. Salías sin ser experta en nada concreto, pero habiendo visto todo el espectro de la cirugía general. Esa base amplia es muy valiosa porque luego te permite orientarte en función de las oportunidades y de lo que vas descubriendo que te gusta.
En mi caso ha influido mucho la gente con la que me he ido encontrando, y quiero aprovechar para reconocer a quienes considero mis mentores. Ricardo Pardo, quien había sido mi residente mayor y con quien empecé a trabajar en Ciudad Real. Él tenía entonces ya una visión muy avanzada de la cirugía de mama: en una época en la que muchas veces no había cirujanos plásticos disponibles, él ya pensaba no solo en hacer mastectomías, sino también en la reconstrucción. Con Luis Cabañas, maestro y uno de los padres de la oncología quirúrgica en España, tuve la suerte de aprender durante muchos años en MD Anderson Madrid. A los dos les debo una parte importante de lo que soy como cirujana.
Más tarde, en Fuenlabrada, Fernando Pereira me dio una oportunidad que siempre le agradeceré: pude desarrollar desde cero la unidad de carcinomatosis peritoneal. Fue una etapa muy especial, tanto profesional como personalmente. Estoy muy orgullosa de lo que se construyó porque a día de hoy es una de las unidades más activas de España. Posteriormente, por razones de conciliación, tuve que tomar decisiones y reorientar mi actividad. La vida también es eso: adaptarse sin renunciar a lo esencial.
El hilo conductor, mirando atrás, es el oncológico. Con la madurez profesional uno se va concentrando en lo que más domina y más le gusta. Poder hacer eso es un privilegio.
“En cáncer de mama casi todo el mundo cree saber algo, la enfermedad tiene una presencia social muy grande, y eso puede generar una percepción de conocimiento que no siempre se corresponde con la realidad clínica”
P: ¿Cree que la cirugía oncológica debería estructurarse como una disciplina diferenciada o sigue demasiado vinculada a la especialidad de origen?
R: No tengo una posición completamente cerrada al respecto, y no me cuesta admitirlo. En buena medida es una cuestión organizativa. La cirugía oncológica, tal como se concibe hoy, implica no solo la técnica quirúrgica, sino también un conocimiento profundo de la biología tumoral, de las opciones de tratamiento sistémico y de cómo integrarse en un equipo multidisciplinar. Quiero pensar que ese modelo existe en los servicios de cirugía general de los hospitales españoles de mayor volumen. Pero cuando esa actividad convive en el mismo servicio con urgencias, patología benigna o cirugía de pared abdominal, el concepto puede diluirse.
En mi opinión, la cirugía oncológica se desarrolla con mayor claridad en centros monográficos, donde toda la actividad gira en torno a la patología maligna. No se trata de decirle a nadie que no puede operar cáncer, sino de reconocer que hay unos principios técnicos y un conocimiento específico que van más allá del acto quirúrgico.
Es un terreno delicado. Cuando reivindicas la especificidad de la cirugía oncológica, siempre hay alguien que se siente cuestionado. Pero creo que vale la pena plantearlo, porque al final de lo que estamos hablando es de lo que es mejor para el paciente.
Si compara la cirugía oncológica de hace dos décadas con la actual, ¿qué ha cambiado más: la tecnología, la técnica o la forma de decidir?
El cambio más importante, a mi juicio, se ha producido en la manera de decidir. La tecnología ha avanzado muchísimo —laparoscopia, robótica, imagen intraoperatoria— y las técnicas han ganado en precisión y en respeto por los tejidos. Pero lo verdaderamente transformador es cómo tomamos hoy las decisiones sobre el tratamiento.
Hace veinte años el cirujano tenía un papel mucho más central y actuaba de forma más individual. Hoy esas decisiones se discuten en comités multidisciplinares reales, donde cada especialista aporta su perspectiva y se valoran conjuntamente las opciones. Y, sobre todo, el paciente ocupa ahora un lugar central en ese proceso que antes no siempre tenía.
La tecnología es una herramienta, no un fin en sí misma. Puedes tener todo el arsenal tecnológico del mundo, pero eso no significa que debas usarlo siempre. El avance fundamental de estas últimas décadas está en haber asumido que no todo lo técnicamente posible es necesariamente lo más adecuado para cada paciente concreto. Esa es, para mí, la transformación más profunda.

P: ¿Qué debe tener una unidad para que realmente mejore resultados y no sea solo una etiqueta organizativa?
R: Lo primero es un equipo multidisciplinar estable, con reuniones periódicas estructuradas y tiempo protegido para la discusión de casos. No puede ser un intercambio informal de pasillo. Tiene que existir un espacio real de deliberación en el que cada especialista aporte su conocimiento y donde las decisiones se tomen de verdad, no se ratifiquen. Un comité en el que alguien llega con la decisión ya tomada y espera que todos la aplaudan no es un comité multidisciplinar, es otra cosa.
A eso se suma algo en lo que en España aún tenemos un largo camino por recorrer: el registro sistemático de resultados. Si no sabes exactamente qué estás haciendo y cómo evolucionan tus pacientes, no puedes mejorar. La percepción subjetiva de que “me va bien” no es suficiente. Es imprescindible medir, registrar y, si es posible, someterse a acreditaciones externas que obliguen a demostrar que se cumplen los estándares.
Hay mucho debate sobre el volumen de casos. Sin duda, es un factor relevante, pero no lo considero determinante por sí solo. Es más importante contar con una estructura consolidada: equipos quirúrgicos, anestesia, cuidados intensivos y servicios de apoyo habituados a trabajar juntos. No tiene sentido operar determinados procedimientos complejos en un entorno no suficientemente dotado o con un equipo no acostumbrado a ellos, por mucha ilusión que le ponga el cirujano. Pero tampoco creo que haya que renunciar a hacer determinadas cosas solo porque no seas el centro con mayor volumen, si tienes la estructura, el conocimiento y la actualización necesarios. El ejemplo de Fuenlabrada en carcinomatosis peritoneal me parece ilustrativo. Hoy es el centro con más volumen de España, pero no siempre fue así, evidentemente. Empezamos desde cero, cuando éramos un hospital “pequeño”, nuevo, “sin experiencia”. El trabajo duro, la formación y la adecuada selección de pacientes demostraron que con el entorno adecuado y un equipo comprometido se pueden hacer cosas extraordinarias.
P: ¿Qué puede aportar la sanidad privada al tratamiento del cáncer?
R: En términos positivos, la sanidad privada puede aportar agilidad en el diagnóstico, acceso más rápido a segundas opiniones y, en algunos casos, a intervenciones quirúrgicas. Son ventajas evidentes.
No obstante, es imprescindible subrayar que el sistema público es el único que garantiza la equidad en el acceso al tratamiento. Ese principio debe preservarse. En mi opinión, ambos sistemas deberían ser complementarios, aunque la fuerte carga ideológica que rodea este debate dificulta esa integración.
Existen ejemplos de colaboración que han funcionado bien. Durante la pandemia, por ejemplo, se derivaron pacientes oncológicos desde el sistema público a centros privados para evitar retrasos en intervenciones urgentes. Esa experiencia demostró que, con una adecuada coordinación, se pueden optimizar recursos en beneficio del paciente. Creo que ese tipo de colaboraciones deberían ser más fluidas y más normales.

P: En oncología peritoneal, ¿qué error de indicación le preocupa más: operar a quien no debe operarse o no ofrecer valoración especializada a quien podría beneficiarse?
R: Los dos son errores serios, pero son muy distintos. Cuando operas a alguien que no debías operar, lo ves. La complicación aparece, te obliga a reflexionar. Cuando no derivas a alguien que podría haberse beneficiado, sencillamente no te enteras. Ese paciente recibe tratamiento paliativo, progresa, y nadie se pregunta si había otra opción. Ese es el error que más me preocupa, precisamente porque es invisible.
Como cirujanos, estamos obligados a desarrollar un espíritu crítico, ser capaces de mirar atrás con perspectiva. Recuerdo perfectamente a la primera paciente que operamos en Fuenlabrada, en 2006. Hoy no la habríamos operado. Ni hoy ni hace diez años. Eso no significa que entonces lo hiciéramos mal dentro de lo que sabíamos; significa que hemos aprendido. Y aprender implica reconocer que te has equivocado.
El mayor riesgo no está en la ejecución de la técnica, sino en la selección de los pacientes. Por eso es tan importante que estos casos lleguen a unidades especializadas y que los criterios de derivación sean claros. Si no ofrecemos esa valoración, el paciente recibe tratamiento sistémico y nunca sabremos si la cirugía le habría aportado algo. Eso no me parece aceptable.
“[En la comunicación con los pacientes] el equilibrio es difícil: tienes que ser rigurosa sin resultar demoledora, y mantener la esperanza sin crear expectativas que luego no puedes cumplir”
P: En España hay unas cuarenta unidades especializadas en oncología peritoneal. ¿Son suficientes?
R: Probablemente, España sea uno de los países con mayor número de unidades de este tipo en el mundo. Si son suficientes o no, sinceramente no lo tengo del todo claro.
Lo que sí tengo claro es que, tan importante como crear nuevas unidades es cuidar la colaboración entre las que ya existen y apoyar a las que están empezando. Ahí es donde creo que está el verdadero reto. Un centro que inicia su práctica en oncología peritoneal necesita poder discutir sus casos con equipos más experimentados, recibir orientación sobre indicaciones, aprender de los errores ajenos antes de cometer los propios. Eso es mentorización, y es algo que no se improvisa.
Ese trabajo se está haciendo desde GECOP, el Grupo Español de Cirugía Oncológica Peritoneal, que ha desarrollado un modelo de colaboración entre centros con discusión de casos, organización de cursos y congresos, trabajos colaborativos y registro común de resultados a través del REGECOP. Es, en definitiva, un ejemplo muy valioso de cómo avanzar en la dirección correcta.
P: ¿Qué preguntas clave siguen abiertas en el campo de la HIPEC y, en concreto, en los ensayos con mitomicina C?
R: Por muchos años no se había cuestionado la combinación de citorreducción más quimioterapia intraperitoneal hipertérmica para el tratamiento de los tumores peritoneales. Por un lado, la citorreducción elimina toda la enfermedad visible y la quimioterapia hipertérmica tiene por objeto eliminar la enfermedad microscópica. Ambos componentes del tratamiento se consideraban indispensables hasta que se publicaron los resultados del ensayo francés PRODIGE 7 que comparaba citorreducción sola frente a citorreducción con HIPEC-oxaliplatino en pacientes con enfermedad peritoneal de origen colorrectal. El estudio no demostraba beneficio en supervivencia añadiendo HIPEC con oxaliplatino a la citorreducción, y sí más complicaciones. De repente se nos caía un mito.
Pero la comunidad no asumió esos resultados como definitivos, y creo que con razón. Porque la pregunta que quedó en el aire fue: ¿el problema era la HIPEC o era el oxaliplatino administrado durante solo treinta minutos? Esa elección de fármaco y ese tiempo de administración quizás no fueron los más adecuados para demostrar el beneficio que buscábamos. Y eso abrió otra pregunta aún más fundamental: ¿es la citorreducción lo verdaderamente determinante, y deberíamos estar poniendo ahí el máximo esfuerzo quirúrgico? ¿Qué papel juegan entonces las distintas drogas, a distintas temperaturas y distintos tiempos de perfusión?
De ahí surge el ensayo GECOP-MMC, promovido y coordinado desde Fuenlabrada, en el que participamos junto a otros 31 centros españoles. Intenta dar respuesta a algunas de estas cuestiones evaluando específicamente la HIPEC con mitomicina C a dosis altas tras citorreducción completa en pacientes con metástasis peritoneales limitadas de cáncer de colon. El reclutamiento avanza, aunque en investigación quirúrgica siempre es lento, y mientras tanto la oncología médica no para. Veremos qué sale, pero es un trabajo necesario.
P: Con las dudas actuales, ¿qué criterios utilizan hoy para indicar la HIPEC?
R: Depende mucho del tipo de tumor, y eso es lo primero que hay que decir. Hay patologías en las que prácticamente no hay dudas: las neoplasias mucinosas apendiculares, el pseudomixoma peritoneal, el mesotelioma peritoneal. Ahí el tratamiento con citorreducción e HIPEC tiene un papel bien establecido y nadie lo cuestiona seriamente.
Donde la selección es mucho más estricta es en tumores más agresivos. En cáncer gástrico, por ejemplo, solo consideramos la cirugía en pacientes con volumen de enfermedad muy limitado —un PCI bajo— y con buena respuesta al tratamiento sistémico previo. En cáncer de colon, la situación es parecida: si te ciñes a los resultados de PRODIGE 7, en pacientes con enfermedad peritoneal escasa y citorreducción completa, la cirugía sola puede ser suficiente. Aun así, muchos seguimos resistiéndonos a abandonar del todo la HIPEC en esos casos, porque la duda sobre el fármaco y el tiempo de administración sigue ahí.
En la práctica, siempre que es posible intentamos incluir a los pacientes en el ensayo GECOP-MMC, que es aleatorizado y nos dará respuestas más sólidas. Pero también interviene la voluntad del paciente. A veces uno le explica la situación y la incertidumbre, y el paciente te dice que quiere HIPEC. Si hay una indicación clínica razonable y no tienes nada definitivo que demuestre que lo estás haciendo mal, tampoco puedes negárselo. Al final, la decisión es siempre el resultado de muchas variables: la biología del tumor, la extensión de la enfermedad, lo que dice la evidencia disponible y lo que quiere y entiende el paciente.

P: En cirugía robótica de mama, ¿dónde está el principal beneficio?
R: La cirugía de mama se quedó atrás en la incorporación de técnicas mínimamente invasivas, y tiene una explicación lógica: precisamente porque habíamos avanzado tanto hacia cirugías menos agresivas, parecía que no tenía sentido dar ese paso. En otras áreas de la cirugía, si puedes elegir mínima invasión, la eliges sin dudarlo. En mama, durante mucho tiempo la respuesta fue: “¿Para qué complicarse?”.
Pero hay un contexto concreto donde estas técnicas ofrecen una ventaja muy clara: las mastectomías ahorradoras de piel, especialmente cuando se combinan con reconstrucción inmediata. Y ahí sí merece la pena hablar de ello. Una mastectomía ahorradora del complejo areola-pezón hecha de forma abierta puede ser técnicamente muy exigente: tienes que trabajar a través de una incisión pequeña tirando de colgajos de piel, intentando preservar su calidad para la reconstrucción posterior. Cuando introduces la cámara, el campo visual cambia por completo. Ves cosas que en cirugía abierta no ves con la misma claridad, y eso se traduce en una disección más uniforme y controlada.
Para la paciente, las ventajas son las clásicas de la mínima invasión: menos dolor, recuperación más rápida y mejores resultados estéticos. En particular, la preservación del complejo areola-pezón, que en cirugía abierta a veces acaba necrosándose, mejora de forma notable. Y si además mantienes el mismo control oncológico que con la cirugía abierta, lo tienes todo: la paciente está mejor, el cirujano trabaja mejor y la enfermedad está igual de controlada. Requiere formación, tiempo de quirófano y recursos, pero creo que es un esfuerzo que merece la pena. Ha merecido la pena en otros campos de la cirugía y en mama también puede merecerla.
“La sobreinformación [del paciente] puede ser tan problemática como la desinformación, y a veces más difícil de manejar”
P: ¿Dónde se producen más malentendidos con los pacientes?
R: Depende mucho del tipo de patología, y creo que hay que distinguir. En cáncer de mama casi todo el mundo cree saber algo, la enfermedad tiene una presencia social muy grande, y eso puede generar una percepción de conocimiento que no siempre se corresponde con la realidad clínica. En carcinomatosis peritoneal, en cambio, cuando se lo explicas a un paciente por primera vez, te mira como diciendo “¿de qué me está hablando?”. El punto de partida es completamente distinto.
Pero la diferencia más importante no es de conocimiento, sino de marco. En cáncer de mama, incluso en estadios avanzados, el lenguaje de la curación está mucho más presente. En carcinomatosis peritoneal, salvo en situaciones como el pseudomixoma o determinadas neoplasias de bajo grado, no puedes hablar en esos términos. Es una enfermedad metastásica, aunque tenga un comportamiento de afectación locorregional. Tienes que hablar de control, de probabilidades, de recaídas. Y eso exige un tono muy distinto.
Nadie nos enseña realmente a hacer eso. Lo aprendes con el tiempo, con la experiencia y con el respaldo del equipo. Recuerdo a una paciente que me dijo algo que fue casi una bofetada cuando yo celebré que estaba curada: “Ya, pero yo vivir así, con esta mama, con estos dolores… no sé si lo habría querido”. Eso te obliga a repensar no solo cómo tratas, sino cómo comunicas lo que viene después del tratamiento. Prolongar la vida es importante, pero cómo va a ser la vida después de los tratamientos lo es igual o más.
El equilibrio es difícil: tienes que ser rigurosa sin resultar demoledora, y mantener la esperanza sin crear expectativas que luego no puedes cumplir. Es, probablemente, una de las partes más complejas de nuestro trabajo.

P: ¿Cree que los pacientes llegan hoy más informados?
R: Más que informados, diría que llegan con más información previa, que no es exactamente lo mismo. El acceso a recursos digitales ha cambiado mucho la relación médico-paciente, y eso tiene cosas buenas y cosas no tan buenas. Lo bueno es que el paciente llega con preguntas, con curiosidad, con ganas de entender lo que le pasa. Lo menos bueno es que esa información no siempre está bien contextualizada, y a veces tienes que dedicar parte de la consulta a deshacer malentendidos antes de poder construir algo.
Hemos pasado de Doctor Google a herramientas mucho más sofisticadas, y el problema no es la herramienta en sí; a veces, una búsqueda bien hecha o una consulta a una inteligencia artificial puede devolver información más equilibrada que ciertos titulares periodísticos escritos en medio de la euforia por un resultado preliminar. El problema es cómo se interpreta lo que se encuentra. Un paciente puede leer que determinada técnica “ha curado” a alguien con su misma enfermedad y llegar a la consulta convencido de que eso es aplicable a su caso. Entonces tienes que explicar con cuidado por qué no es así, sin quitarle la esperanza, pero sin alimentar expectativas que no puedes cumplir. La sobreinformación puede ser tan problemática como la desinformación, y a veces más difícil de manejar.
El conocimiento clínico sigue siendo imprescindible para contextualizar toda esa información. El paciente puede llegar sabiendo mucho sobre su enfermedad en abstracto, pero el médico es quien conoce su caso concreto, su historia, sus posibilidades reales. Yo estoy convencida de que el “ojo clínico” seguirá siendo imprescindible en el futuro.
“La relación con el paciente debe basarse en el respeto, la confianza y el conocimiento, independientemente del género de quien lo atiende”
P: Desde el punto de vista emocional, ¿ser mujer cirujana facilita la empatía con las pacientes?
R: La empatía es fundamental en cualquier relación médico-paciente, pero no creo que dependa exclusivamente del género. El paciente viene en busca de conocimiento experto, y esa tiene que ser siempre la base. A partir de ahí se construye un vínculo que permita acompañarle en su proceso. En cualquier caso, debemos ser cuidadosos en cómo entendemos la empatía. Ponerse en el lugar del paciente de verdad implicaría haber pasado por una situación similar, y aun así cada persona lo vive de una manera completamente distinta. Es demasiado simplista reducirlo al género. Lo que sí podemos hacer es escuchar, observar y no ir con ideas preconcebidas. En cáncer de mama eso es especialmente importante: puedes asumir que una paciente joven querrá reconstrucción y resulta que no. O pensar que una señora de ochenta años no la querrá, y es la primera en preguntarte si van a reconstruirla. Cada mujer es distinta y hay que partir de ahí.
Lo que sí ocurre, es que a veces existe una expectativa implícita de cercanía diferente hacia una mujer. Algunos pacientes buscan en la doctora un tipo de calidez que no le exigirían del mismo modo a un colega varón, de quien se espera simplemente que sea serio y competente. Eso me hace reflexionar. No porque haya que ser distante, evidentemente no, sino porque esa exigencia añadida dice algo sobre los roles que seguimos proyectando. La relación con el paciente debe basarse en el respeto, la confianza y el conocimiento, independientemente del género de quien lo atiende.
P: Si no hubiera sido médica, ¿qué habría sido?
R: Si tuviera que elegir de nuevo en 1986, volvería a elegir medicina. Entonces era lo que tenía sentido para mí: me gustaban las ciencias, quería trabajar con personas y necesitaba que lo que hiciera tuviera un impacto real.
Hoy me resulta más difícil responder, porque entonces las opciones visibles eran pocas, eras médico, abogado, ingeniero o periodista, y poco más. Ahora hay profesiones que ni sé nombrar. Lo que sí sé es que me atrae enormemente entender lo que pasa en el mundo: cómo vive la gente en contextos muy distintos al mío, qué valores tienen, cómo perciben la enfermedad y la vida. Eso siempre ha estado ahí, cada vez que he salido de España, he aprendido tanto de las personas como de la medicina.
Y luego está todo lo que tiene que ver con la inteligencia artificial y cómo está cambiando la forma en que percibimos la realidad y tomamos decisiones. Me fascina y me preocupa a partes iguales. ¿Qué papel nos va a quedar a los cirujanos cuando los algoritmos diagnostiquen y los robots operen? No lo sé, pero creo que quien no se haga esa pregunta se va a quedar atrás.
Pero pensándolo bien, la medicina me ha hecho muy feliz, así es que volvería a ser médico.



