Dr. José Farré Alegre

Doctor José Farré Alegre

“Soy muy crítico al ser esclavo de los protocolos. El médico tiene que pensar y ofrecer a cada paciente el mejor tratamiento posible”.

De no ser médico, el Dr. José Farré Alegre (Espluga de Serra, Lleida, 1951) habría sido ingeniero. En su familia no había ningún médico cuando él se decidió por esa profesión, pero su ejemplo ha cundido y ahora hay muchos. Un hijo, una nuera y dos sobrinos son médicos, aunque ninguno cirujano. En 1985 se inaugura el Hospital General de Cataluña, un centro privado, y se incorporó para organizar el servicio de cirugía junto con el doctor Fernando Doncel Jaén. A partir de entonces, enfocó la mayor parte de mi actividad a la cirugía oncológica. En Montpellier, en el Centre Val d’Aurelle-Paul Lamarque, a mediados de los años 80, vio cómo se complementaban cirugía y radioterapia. Alternó durante tiempo la ciudad francesa con su tierra natal, donde se iba creando el Hospital General de Cataluña. No sin reticencias del entorno, participó en las primeras cirugías conservadoras en el cáncer de mama y, ya en los noventa, una década que supuso «un gran despertar de la cirugía», en las intervenciones por laparoscopia. Actualmente trabaja en el Hospital Quirónsalud Torrevieja, donde comenzaron a practicar los tratamientos por HIPEC de la carcinomatosis siguiendo todas las cirugías de Sugarbaker, un centro que es también referente en España de las operaciones asistidas por robot.

P: ¿Cuándo empezó a interesarse por la medicina?

R: Yo me interesé por la medicina al acabar el PREU y me presenté, como un reto, a la primera prueba de Selectividad que se hizo en España, que fue en la Universidad de Barcelona, en el Clínico. Se hizo una prueba de Selectividad como la actual en la Facultad de Medicina porque había tantos alumnos en aquella época que no cabían. Era como un reto y lo pasé. Entonces me dije ‘ahora ya no tengo otro remedio que seguir por este camino’, porque mi idea inicial era la ingeniería.

P: Me decía usted que en la carrera empezó a tener la influencia de médicos que sí que le inspiraron de alguna manera, ¿eso fue durante los primeros años o ya en la residencia?

R: Fue durante la carrera. Tuve la suerte de entrar como alumno interno en el Clínico de Barcelona cuando yo estaba en tercero de medicina (1973-74). Entré como alumno interno, que  éramos voluntarios a las guardias sobre todo del Clínico, y allí conocí a cirujanos que cambiaron mi carrera, como el doctor José Visa Miracle, que era un cirujano especializado en cirugía hepática. De hecho, ahí hacíamos toda la cirugía de la hipertensión portal; que luego, evolucionó hacia el trasplante hepático: tengo que reconocer que Pepe Visa influyó mucho en mi carrera y en mi futuro hacia la cirugía, y luego incluso hacia la cirugía oncológica.

“El cirujano oncológico no solamente tiene que ser un buen técnico sino que tiene que entender la biología del cáncer”

 

P: Porque imagino que la educación era muy teórica, es decir, más teórica que práctica, una formación aplicada que ustedes buscaban viendo enfermos…

R: Exacto, en aquella época la carrera era teórica al cien por cien y la práctica te la tenías que buscar tú por tu cuenta. En el verano de tercero a cuarto curso, como hasta entonces las prácticas habían sido prácticamente nulas salvo algo de anatomía y de fisiología, me presenté voluntario al Clínico, por si podía estar de alumno observador allí. Estuve de interno hasta sexto de carrera haciendo guardias con los cirujanos con el equipo del doctor Visa y del profesor Cristóbal Pera Blanco-Morales. Ahí fui encaminando mi evolución hacia la cirugía y más tarde hacia la cirugía oncológica.

P: ¿El hecho de primero orientarse hacia la cirugía fue por estos dos doctores que usted me ha dicho o ya le interesaba de alguna manera ese campo en particular desde antes?

R: No, yo al principio fui en plan observador, pero ya me quedé un poco atrapado en el ambiente que había y en el espíritu de la cátedra del profesor Cristóbal Pera Blanco-Morales. Un poco atrapado en la filosofía de la cirugía y a algo a lo que le dábamos mucho valor: la patología quirúrgica. Y no solamente aprendíamos a operar (las técnicas quirúrgicas en aquel momento tenían mucho desarrollo, pero eran muy básicas), nos enseñaron que la enfermedad tenía una solución quirúrgica, es decir, la patología quirúrgica como tal y a partir de ahí fuimos aprendiendo a operar determinadas enfermedades, aspectos básicos de cirugía general, como la hernia o la vesícula.

El Dr. José Farré Alegre está junto al Dr. Paul Sugarbaker.

P: ¿Y la orientación hacia la cirugía del cáncer?

R: Cuando acabé la carrera hice la especialidad en el Hospital de la Mutua de Terrassa, que era un hospital nuevo de tamaño medio. Ahí iniciamos un servicio prácticamente desde cero y practiqué cirugía general. Me fui decantando por la cirugía del cáncer de mama desde la cirugía general, y estuve ocho años. En 1985 se inaugura el Hospital General de Cataluña, un centro privado, y me incorporé para organizar el servicio de cirugía junto con el doctor Fernando Doncel Jaén. A partir de entonces, enfoco la mayor parte de mi actividad a la cirugía oncológica.

P: Han pasado muchos años desde aquel momento, ¿cuáles eran las grandes carencias que tenía la cirugía del cáncer entonces?

R: Íbamos a la máxima cirugía para la enfermedad mínima, al contrario de ahora. Se hacía mucho para curar poco y es que la cirugía en aquel momento era muy agresiva: la mastectomía radical tipo Halsted o tipo Patey que son técnicas muy agresivas, como las gastrectomías totales. En general, sabíamos poco de cáncer y la única arma que conocíamos era el bisturí y con él pretendíamos curar el cáncer. Me fui a Montpellier al Centre Val d’Aurelle-Paul Lamarque, que en aquel momento era un centro sanitario histórico, muy antiguo, que tenía mucho atractivo para el tratamiento en general del cáncer pero que estaba muy basado en la cirugía y en la radioterapia. En aquel centro empezaban a hacerse muchos tratamientos dedicados a complementar la cirugía con radioterapia.

“[Hace décadas] Íbamos a la máxima cirugía para la enfermedad mínima, al contrario de ahora. Se hacía mucho para curar poco y es que la cirugía en aquel momento era muy agresiva: la mastectomía radical tipo Halsted o tipo Patey que son técnicas muy agresivas, como las gastrectomías totales”

P: Y eso era muy novedoso en aquel momento…

R: Sí, fue a mediados de los ochenta. Se empezaba a ver la colaboración entre la radioterapia y la cirugía. La quimioterapia seguía siendo un misterio en manos de unos médicos que luego se llamaron oncólogos, que libraban la guerra por su cuenta y que trataban el cáncer de tumores no sólido (enfermedades hematológicas) con fármacos. Empezaron a verse tratamientos con quimioterapia para tumores sólidos que eran los que tratábamos los cirujanos (mama, colon…). En aquel momento la oncología estaba más basada en la cirugía que en la quimioterapia.

P: En Francia conoce usted la combinación entre radioterapia y cirugía como una estrategia multidisciplinaria, que después se convirtió en el paradigma.

R: Ahí empiezo a ver que hay que entender el cáncer como algo más que un montón de células que están acumuladas en un sitio y que voy a quitar. Veo que colaborando y participando en la cirugía bien hecha y bien entendida con la radioterapia y la quimio podíamos tener unos resultados mucho mejores de los que podíamos obtener solo con la cirugía y, sobre todo, obteníamos resultados iguales o mejores con menos cirugía, con menos agresión. Íbamos conociendo lo que estaba haciendo Veronesi en Italia con la mama (tumorectomía y vaciamiento) mientras que nosotros seguíamos haciendo mastectomías radicales, que nos parecían lo mejor. Fuimos entendiendo que quizá haciendo menos cirugía, conservadora de la mama, y añadiendo algo de radioterapia teníamos los mismos resultados oncológicos y unos resultados estéticos tremendamente diferentes.

P: ¿Pasó mucho tiempo en Montpellier antes de volver a Cataluña?

R: La estancia en Montpellier no era una estancia fija. Como está cerca, cada mes iba una semana mientras íbamos creando el Hospital General de Cataluña. Durante un largo periodo de tiempo una semana al mes me iba a Montpellier a operar con los cirujanos allí y a ver cómo manejaban ellos el cáncer en general.

P: ¿Le costó a usted vencer algún tipo de resistencia cuando intentó incorporar en casa las técnicas y los abordajes que allí aprendía o se recibían bien esas innovaciones? 

R: En general, la sociedad médica en aquellos tiempos siempre era muy remisa a salirse de los protocolos dictados por los profesores, que en aquellos momentos proponían e imponían sus técnicas o directrices. Pero, como nosotros estábamos en un hospital que no era la red pública, estábamos un poquito fuera del alcance de las directrices académicas y eso nos permitió poder implementar todo esto. De hecho, fuimos de los primeros en hacer cirugía conservadora en el cáncer de mama y ya en los noventa en empezar con la laparoscopia. Recuerdo que en Barcelona costó muchísimo empezar a hacer laparoscopia, porque los grandes profesores no la dominaban y como ellos no la dominaban, la negaban. La laparoscopia creció sobre todo en los hospitales secundarios o de segundo nivel, porque en los grandes hospitales se ninguneó y durante mucho tiempo la cirugía laparoscópica fue también otra puerta abierta a la mejora de la cirugía. Aunque inicialmente la laparoscopia —o la cirugía mínimamente invasiva, como la llamamos ahora— no nos parecía compatible con el cáncer. Después, por suerte, vimos que sí que lo es.

“[En Francia] empiezo a ver que hay que entender el cáncer como algo más que un montón de células que están acumuladas en un sitio y que voy a quitar”

P: ¿También con los pacientes hubo que vencer algún tipo de resistencia o de desconfianza al respecto de una posibilidad terapéutica tan innovadora?

R: Sí. Cuando a una señora le diagnosticabas un cáncer de mama, tenía siempre prisa. ‘Quitámelo todo y límpiamelo todo’ era la frase típica de entrada. Al principio nos llevó mucho tiempo de pedagogía, de hablar con las pacientes para que se dieran cuenta de que el resultado final tenía que ser igual o mejor en lo oncológico, y mejor en lo estético. He vivido todo ese cambio. Tengo que decir que desde que empecé con cirugía en el año 76 hasta ahora hago una cirugía absolutamente diferente: no se parece en nada. Primero, porque tecnológicamente hemos cambiado mucho, pero también hemos cambiado de mentalidad. Y también porque los cirujanos que nos dedicamos al cáncer hemos entendido qué es el cáncer: no es un montón de células que debemos ir a quitar y ya está, sino que tiene otras connotaciones, otro entorno y otros componentes.

P: Entonces, ¿qué percepciones del cáncer han ido asumiendo los cirujanos del cáncer para tener una visión más global de la enfermedad? ¿Se refiere usted a la biología del cáncer?

R: Es fundamental. Uno de los grandes déficits de la cirugía española es que los cirujanos españoles —que son unos técnicos excelentes y que se han superespecializado en técnicas magníficas— no siempre se han preocupado de entender la biología del cáncer y la reacción que tiene el cuerpo durante la agresión quirúrgica para tratar un cáncer. Es decir, el entorno que tiene el cáncer. El cirujano oncológico no solamente tiene que ser un buen técnico sino que tiene que entender la biología del cáncer, cómo funciona, cómo disemina una célula y cómo una célula se muere o no se muere, cómo depende de cómo yo trate un tumor que el evolucione el enfermo en un sentido o en otro. Siempre tengo una frase ‘por desgracia o por suerte la cirugía curará un 60% de los cánceres’, pero que el pronóstico final de un cáncer está en el primer cirujano que te ve y que te orienta, depende de las decisiones que tome ese cirujano tu cáncer irá bien o no irá tan bien. Creo que eso es fundamental y el gran déficit para mí de la cirugía española. Ahora tenemos una cirugía supertecnológica, muy especializada. Oímos decir ‘yo soy cirujano hepatobiliar’, ‘yo de colon y recto’, y técnicamente eso es magnífico, pero resulta que el enfermo no es solo eso. El enfermo tiene otras connotaciones: el enfermo tiene un tumor de colon que resulta que le está dando metastasis hepáticas y que tengo que saber que depende de cómo trate el colon irá bien no solamente el colon sino también el hígado, por ponerte un ejemplo. Ese es el gran problema: que los cirujanos que toquen o traten cáncer tienen que entender la biología del cáncer y lo que va a provocar al manipular el cáncer en algún momento de su estado. Creo que el mensaje es clarísimo.

P: Además de ese conocimiento de la biología del cáncer, es necesario también tener un conocimiento profundo de las otras herramientas terapéuticas que hay para vencerlo, ¿no es así?

R: Exacto, de todo, el cirujano que trate un cáncer tiene que tener conocimientos de radioterapia, tiene que tener conocimientos de la biología molecular, tiene que saber qué va a pasar con la inmunidad del paciente, tiene que tener conocimientos de nutrición porque no es lo mismo operar a un enfermo bien nutrido que a uno mal nutrido. No es lo mismo que el paciente en el momento que lo opero está en una fase inmunológica deficiente a que no lo esté. El conocimiento de la cirugía oncológica tiene que ampliarse a todo esto. No vale decir ‘yo soy un figura de la cirugía del hígado’, si luego resulta que no me aclaro en el manejo de la biología hepática o la biología de ese cáncer que estoy tratando.

P: Por volver a la cuestión de la laparoscopia, estamos hablando de principios de los años 90, las primeras aplicaciones que usted encuentra no son obviamente para el cáncer, ¿no? ¿Qué me podría contar al respecto de esa etapa y qué supuso la llegada de la laparoscopia?

R: Fue un gran despertar de la cirugía en los años noventa que estaba aletargada en técnicas pasadas de moda. Hubo dos novedades: la cirugía laparoscópica y el manejo de las mallas en el tratamiento de las hernias, novedades que a todos nos asustaban porque todos veíamos que era el futuro y ahí es donde nos introducimos que en aquel momento los que éramos jóvenes y teníamos ciertas inquietudes. Vimos claro que la cirugía, por ejemplo, la colelitiasis, la hernia de hiato, ofrecía un campo en el que adentrarse y por él empezamos: lo primero que hicimos fue la vesícula biliar, luego la hernia de hiato y luego más adelante la hernia inguinal, y la cirugía del colon sobre todo en el cáncer vino bastante más adelante.

“[Sobre la antigua cirugía invasiva] Cuando a una señora le diagnosticabas un cáncer de mama, tenía siempre prisa. ‘Quitámelo todo y límpiamelo todo’ era la frase típica de entrada. Al principio nos llevó mucho tiempo de pedagogía, de hablar con las pacientes para que se dieran cuenta de que el resultado final tenía que ser igual o mejor en lo oncológico, y mejor en lo estético”

P: ¿De qué época hablamos más o menos?

R: Hablamos de finales de los años noventa o principios de los dos mil, cuando se empezó a hacer cirugía del colon, primero cirugía benigna y luego ya hubo gente más atrevida que empezó por hacer cirugía del colon con tumores T1 o T2 iniciales. La cirugía laparoscopia en el colon está ya muy desarrollada y muy establecida. Actualmente, cualquier cirujano que se precie tiene que dominar la técnica de la laparoscopia mínimamente invasiva en el colon.

P: ¿Recuerda usted la primera operación en la que usó laparoscopia para una intervención de colon maligna? Los resultados ¿fueron satisfactorios?

R: Tuvo que ser en torno al año 2000. Nos sorprendía sobre todo que el enfermo se recuperaba muchísimo mejor incluso haciendo lo mismo, y entonces recuerdo que había en aquella época un gran dicho entre los cirujanos: ‘el resultado en la cirugía tiene que ser el mismo, abierto o cerrado, si te opero el colon con el abdomen abierto, el resultado tiene que ser el mismo que si no’. Enseguida vimos que en la recuperación del enfermo no había color. Si se hacía por laparoscopia, el enfermo se iba a casa en pocos días y si lo hacías abierto como mínimo se demoraba una semana o diez días.

P: Verían también diferencia en el nivel de las complicaciones, ¿no?

R: Sí, infecciones, hernias, eventraciones, hemorragias; la cirugía tradicional de aquella época tenía muchas secuelas. Recuerdo que la cirugía abierta de la hernia tenía un 15% de recidivas, nos parecía una cosa normal, ahora recidivas del 3% o 4% son ya enormes. En aquella época hubo dos cosas que nos animaron mucho a cambiar la actitud del acto quirúrgico: la laparoscopia —aunque la tecnología no es la que tenemos ahora, ya se empezó a tener cámaras buenas con buenos campos de visión, ópticas buenas— y la aparición de las mallas de propileno para las hernias y de la técnica Shouldice o Lichtenstein para el tratamiento de las hernias. Nos enteramos de que había un señor que operaba las hernias y daba de alta el mismo día o como mucho el día siguiente, mientras que nosotros teníamos a los pacientes ocho días ingresados. Es una técnica esa de las hernias que empezó a cambiar la actitud ante de una hernia y su manejo.

P: ¿Llegó antes la tecnología de la laparoscopia a los centros privados que a los públicos?

R: La laparoscopia, al menos en Cataluña, llegó antes a los centros privados que a los públicos, porque estos eran muy reticentes. Se empezó la laparoscopia en muchos hospitales de segundo nivel. Al Clínico de Barcelona le costó conseguir equipos de cirugía que quisieran involucrarse en la laparoscopia.

P: Usted trabaja como director médico del Hospital de San Jaime de 2003 y 2006, pero a la vez ejerce como jefe de servicio de cirugía general y oncológica en el Hospital Quirónsalud Torrevieja, donde ejerce ahora.

R: Sí. Eso fue durante dos años; yo ya era jefe de servicio en Hospital de San Jaime (hoy Quirónsalud Torrevieja) y en aquel momento la gestión del hospital me pidió si podía colaborar haciéndome cargo un poco de la dirección a nivel médico, pero eso me apartaba mucho de mi dedicación a la cirugía. Yo soy un cirujano clínico, me gusta estar con el enfermo, no solo operar sino hacer también patología quirúrgica, ver al enfermo con su enfermedad clínica y luego con su evolución postoperatoria. En la gestión sí que estuve unos años; hice un máster de gestión hospitalaria, pero no era mi vocación clara porque me angustiaba mucho. En cuanto pude, volví a la dedicación exclusiva a la clínica.

P: Abordemos el segundo gran hito técnico que vive usted en su carrera, la llegada de la cirugía robótica. ¿Cómo fue ese primer contacto que tuvo usted con la nueva tecnología?

R: Aquí en el Hospital Quirónsalud Torrevieja la hemos tenido desde su inicio —empecé aquí montando el servicio de cirugía en 2001 en estrecha colaboración con el Dr. Pere Bretcha — y luego nos dedicamos íntegramente a la cirugía oncológica. Aquí es donde empezamos el tratamiento por HIPEC de la carcinomatosis siguiendo todas las cirugías de Sugarbaker. Fuimos de los primeros hospitales españoles que nos introdujimos en el tema y de hecho desde aquí se formó el grupo de la GECOP. Estuvimos muy involucrados. Lo desarrollamos los diez primeros años, a partir de 2008 y 2009 y nuestra ambición era mejorar el tratamiento del cáncer; entramos en contacto con el ámbito de la cirugía robótica y empezamos a ver que eso era un mundo interesante y que tenía su recorrido.

P: ¿Quiénes eran sus referentes en ese ámbito?

R: En la cirugía robótica no teníamos demasiado referentes, nos teníamos que buscar un poco la vida, por decir algo, pero fuimos entrando en contacto con diferentes grupos que hacían cirugía robótica. Luego hicimos el curso que organizaba Da Vinci, fuimos implementando todos los cursos que pudimos y sacamos el certificado de cirugía robótica que en aquella época solamente lo otorgaba la empresa del robot Da Vinci.

P: ¿Cómo se conseguía?

R: Estuvimos yendo a algún centro que lo tenía y después hicimos el curso en Granada que lo organizó la misma casa del Da Vinci —la empresa Palex es la que llevaba en España Da Vinci— y nos ayudaron a hacer los cursos de formación. El primero que dimos nosotros fue en un centro de cirugía experimental y de formación de la Universidad de Granada.

El Dr. José Farré Alegre en el quirófano del Hospital San Jaime de Torrevieja (2008, hoy Quirónsalud), presentando el equipo de RIO (radioterapia intraoperatoria)

P: ¿Se siguió formando en otras técnicas innovadoras?

R: Sí. Hay otra parte de mi evolución —siempre he tenido interés por técnicas poco habituales y que la medicina ha desarrollado— y es en lo que llamamos TNF, perfusión de extremidades con altas dosis de quimioterapia para tratar tumores de piernas o de brazos, para evitar las amputaciones. Se trata de un tema muy complicado y de hecho en España prácticamente solo lo hacemos en la Plataforma de Oncología del Hospital Quirón Torrevieja  Aunque el Clínico de Barcelona lo tiene organizado, se hace en muy pocos casos. Siempre me ha interesado buscar soluciones a temas complejos uniendo mis conocimientos de cirugía  y el estímulo de formar parte de la Plataforma de Oncología dirigida por el Dr. A. Brugarolas, con otras tecnologías que aportan beneficios en el tratamiento del cáncer: como la fotodinamia, la radioterapia intraoperatoria y la electroquimioterapia: los tratamientos locales en los que se combinan los impulsos eléctricos o pequeñas descargas eléctricas sobre lesiones locales o de la piel con la administración de una quimioterapia, de modo que los impulsos eléctricos rompen la membrana celular para que el compuesto quimioterápico pueda entrar en la célula y la destruya.

P: Y, ¿qué indicaciones tiene esa técnica en concreto?

R: Para tumores de cara o de piel irresecables y sobre todo para lesiones que quirúrgicamente no se pueden o no se van a beneficiar de otros tratamientos. Es un tratamiento paliativo porque siempre vas a tocar cosas locales, pero que tiene su utilidad sobre todo en lesiones cutáneas.

“La cirugía robótica tiene que bajar al suelo a nivel económico, tiene que ser más accesible económicamente para los hospitales y para el paciente, porque aporta muchas cosas pero de momento es demasiado costosa”

P: ¿Han cambiado mucho las indicaciones de la cirugía robótica en cáncer de cuando ustedes la empezaron hace una década a hoy en día? ¿Cuál ha sido la evolución de esa técnica?

R: La robótica se ha convertido en un instrumento primero pantalla para dar prestigio al hospital y luego los hospitales que los tienen han podido desarrollar técnicas. Empezó con la próstata, que era la primera indicación que hubo para los urólogos, y luego toda la patología de la pelvis, del recto y el colon. Luego se desarrolló mucho en la cirugía del páncreas y en la vía biliar, la hernia de hiato; y luego ya aquí en España o en Europa se ha desarrollado poco. Los chinos y los surcoreanos lo hicieron sobre todo para cirugía de acceso del tiroides desde la axila o desde el fondo de la boca. También se ha desarrollado para accesos a cirugía torácica o cirugía cardíaca, pero nosotros ya no hemos participado en eso.

P: Y los próximos desarrollos en los que usted cree que puede su extensión natural si se mejora las técnicas o la tecnología disponible en la cirugía robótica, ¿cuáles son?

R: Yo creo que la cirugía robótica tiene que bajar al suelo a nivel económico, tiene que ser más accesible económicamente para los hospitales y para el paciente, porque aporta muchas cosas pero de momento es demasiado costosa. Para toda la tecnología de precisión, la robótica tiene camino. Todas las cirugías microscópicas, vasculares… llegará un día que se hagan a través de cirugía robótica. Me imagino que a largo plazo el manejo y el estudio de muchos aspectos del aparato digestivo se harán a través de diferentes conceptos de cirugía robótica con tecnologías tipo imanes o imágenes virtuales. Iremos viendo con el tiempo, irá evolucionando. También veremos cómo se acoplan las tecnologías de la imagen con la inteligencia artificial.

P: ¿En qué medida el cirujano seguirá siendo absolutamente imprescindible?

R: De momento al robot Da Vinci le llaman ‘el esclavo’ porque hay alguien que piensa por él. Yo soy el jefe que está sentado en la mesa y el esclavo “me hace” el trabajo. Seguirá siendo imprescindible el humano, pero yo pienso que el trabajo del cirujano se dividirá en dos tipos:  uno puramente técnico que dejará de llamarse cirujano para llamarse técnico cirujano —que es por desgracia a donde evolucionan muchos cirujanos que solo saben hacer una técnica, que no sabrán ni explorar un enfermo— y luego el cirujano que va a pensar, el que va a utilizar las neuronas para valorar y planificar.

P: Y usted, siempre alerta a innovaciones, ¿cuál reciente le resulta más llamativa, esperanzadora o con más potencial?

 R: Por suerte el abordaje del cáncer va evolucionando muy deprisa y estamos mejorando, pero dudo mucho de la inmunoterapia que nos venden ahora, como una panacea. Tengo más confianza en que sigamos diagnosticando el cáncer antes y que lo podamos tratar antes con mejores fármacos.

P: Siempre ha estado buscando alternativas terapéuticas que pudieran ser útiles, añadidas a las convencionales.

R: Exacto, no me he limitado nunca a decir ‘bueno, a este enfermo lo operamos y ya está’. Siempre he tenido inquietud en buscar técnicas que puedan ayudar al paciente con cáncer y de hecho eso me llevó a meterme en la carcinomatosis cuando nadie quería saber nada del tema. Por eso entré también en las perfusiones de extremidades, la radioterapia intraoperatoria, la electroquimioterapia o en la fotodinamia, otra técnica que luego se perdió por diversos motivos, que consiste en suministrar al enfermo un fotosensibilizador que capte el tumor y luego con un láser o con una ultravioleta quemarlo. Siempre he andado tras la búsqueda de técnicas diferentes para actuar contra el cáncer.

P: ¿Aunque fuera algo poco frecuente o en estado inicial?

R: Siempre que pueda ser útil para el enfermo. Soy muy crítico al ser esclavo de los protocolos. El médico tiene que pensar y ofrecer a cada paciente el mejor tratamiento posible.

P: ¿Porque los protocolos no dejan de ser generalizaciones?

R: Exacto. En resumen, necesitamos cirujanos y médicos que piensen, que no solamente apliquen protocolos y técnicas. Necesitamos cirujanos, cirujanos oncológicos o médicos oncológicos que estén dispuestos a pensar en favor del enfermo.

P: Y, en ese sentido, ¿hasta qué punto es importante ver al enfermo como un caso particular?

R: Es fundamental. Por eso ahora vamos hacia lo que denomina ‘oncología personalizada’, aunque no es viable en sentido estricto porque es inviable técnica y personalmente.

P: ¿La estructura asistencial no permite algo tan específico?

R: Exacto. Igual que le he dicho esto de los protocolos. Gracias a los protocolos la oncología ha llegado a todo el mundo y se ha universalizado, es una especialidad que ha podido llegar a todo el mundo, pero eso no obliga a que la gente no sea capaz de pensar y hacer más cosas.

P: ¿Qué consejo le daría usted a un estudiante de medicina que se plantee la idea de ir especializándose en cirugía y más concretamente en la cirugía del cáncer?

R: Que se lo plantee como un todo, que no busque técnicas; a mí me preocupa que la gente joven ahora solo se preocupa de saber técnicas. Deben mirar a la persona como un total, no como el sujeto al que voy a aplicar una técnica. Me he hecho mayor y me han dejado de interesar las técnicas y me interesan las personas. No voy a operar a una persona del colon, sino que mi planteamiento es: esa persona tiene un problema que yo con mi conocimiento le voy a intentar solucionar. Tengo que reconocer que cuando era más joven yo solo veía un colon que iba a operar. Se trata de no quitarle el colon a un paciente porque técnicamente yo sea capaz y sea muy bueno haciéndolo: teniendo en cuenta que lo que otro hace en 40 minutos, yo lo hago en 30; que en lugar de tener a un enfermo ingresado dos días, lo tengo solo uno. Ese tipo de exhibicionismo…

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