Dr. Sebastián Rufián Peña

Doctor Sebastián Rufián: “Hay que tenerle mucho menos miedo al cáncer que a no poder tratarlo”

 

El Dr. Sebastián Rufián es profesor de Cirugía de la Universidad de Córdoba y ha sido jefe del Servicio de Cirugía General y del Aparato Digestivo del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba (HURS), donde ha desarrollado prácticamente toda su carrera. Alternó los estudios de Medicina con un trabajo como celador en el mismo hospital, algo que considera un «privilegio» sobre el resto de sus compañeros, porque le permitió conocer de primera mano el trabajo médico en muchos servicios del centro. Luego, tuvo la oportunidad de formarse fuera de España para aprender las técnicas más avanzadas de trasplantes, que aplicó luego en Córdoba, en uno de los hospitales más prestigiosos en ese ámbito. De ahí a tratar quirúrgicamente el cáncer solo hubo un paso. Aplicó la laparoscopia cuando la técnica suscitaba aún reservas entre los más conservadores y se atrevió con complejas intervenciones oncovasculares. En esta entrevista relata su trayectoria, marcada por el esfuerzo y la inspiración de otras grandes figuras de la cirugía.

El Dr. Rufián con una niña africana que habían dado por muerta y a cuya madre practicó una cesárea dos semanas antes de que se tomara la imagen.

PREGUNTA: Procede de una familia muy numerosa de nueve hermanos. ¿Había algún tipo de vínculo con la medicina en su familia?

RESPUESTA: No, en absoluto. Yo soy el primer miembro de la familia que se dedicó a esta profesión.

P: ¿Cómo surgió esa vocación en usted?

R: Cuando estudiaba bachillerato tenía una vocación muy genérica por la biología, entonces, precisamente por el hecho de ser nueve hermanos, no era fácil que todos pudiéramos tener estudios simultáneos. La mía no era una familia rica y no era posible que todos tuviéramos estudios fuera. En realidad, mi inspiración era la biología y en ese momento no teníamos perspectiva de estudios de medicina en nuestra universidad. Yo tenía que estudiar en Córdoba, no podía desplazarme, pero justo entonces hubo una visita de un ministro a la ciudad, vio un hospital que teníamos aquí, que era de la Diputación, de un diseño extraordinario y en ese momento dijo que Córdoba se merecía, nada más que por ese hospital, una facultad. En 1972 abrieron la Facultad de Medicina precisamente el año anterior al que yo tenía que elegir carrera y fue una especie de flechazo el tener la oportunidad de estudiar en mi propia universidad. Un año después, empecé mis estudios.

P: Pero sí se ofrecían estudios de Biología…

R: Tenía biología y tenía veterinaria, las dos carreras más próximas a mi vocación pero biología no tenía unas perspectivas profesionales ya en aquella época demasiado buenas; y veterinaria… no era algo que a mí, el trato con los animales, me atrajese. Justo cuando tenía que elegir, se abrió la facultad de medicina de Córdoba al amparo de ese hospital, luego ya pasaron otras cosas que potenciaron mi vocación.

«[A los estudiantes de Medicina] hay que quitarles de la cabeza es que la única especialidad que cura el cáncer es la oncología médica, y demostrarles que siguen siendo las diferentes especialidades quirúrgicas la base del tratamiento del cáncer»

P: Parece que usted no tenía tanto una vocación asistencial sino por el conocimiento básico en lo biosanitario, ¿me equivoco?

R: Efectivamente, yo tenía una vocación hacia la biología muy fuerte, era lo que más me gustaba estudiar, curiosamente junto a la geografía, que era una de mis pasiones y lo sigue siendo. Me orientaba hacia la biología y en especial hacia la biología humana como primer elemento. Coincidiendo con esa apertura de la Facultad de Medicina, estaba en construcción lo que llamaban entonces la ‘ciudad sanitaria’ , o sea, el nuevo hospital de Córdoba de la Seguridad Social. Yo pasaba por delante todos los días para ir a clase y viendo cómo ese edificio se desarrollaba quise entrar a trabajar lo antes posible allí. Fue un acicate para fusionar mi vida en el trabajo y lo universitario. Y, así, conseguí mediante una entrevista con el director del entonces llamado Instituto Nacional de la Salud (que era quien regía la Sanidad en toda España). Le solicité trabajo. Mi intención era entrar como camillero. El hombre me contrató como celador pero a modo de beca. Me dijo que si yo iba aprobando con holgura mis asignaturas, él me mantenía el contrato. Así ocurrió: estudié toda la carrera trabajando como celador en el hospital mientras se abría y se desarrollaba. Vi nacer el Hospital Universitario Reina Sofía al tiempo que iba entrando en mí la medicina, de tal manera que estaba siempre en el lugar donde podía ver más cosas de las asignaturas que estaba estudiando

Ahí nació una fusión completa entre práctica y teoría que hizo que pudiese gozar, con mucho esfuerzo, evidentemente, de una formación con un porcentaje alto de privilegios con respecto a mis compañeros, porque, si se abría el hospital en ginecología, yo estaba de celador en paritorio; si se abría en urgencias, yo estaba de celador en urgencias; si se abría en quirófano, yo estaba de celador de quirófano. Así fue hasta que por fin se abrió la UCI y yo ya estaba en cuarto de medicina: los últimos dos años y medio estuve en cuidados intensivos, donde había unidades especializadas en los que se me brindó la oportunidad de ver todos los casos que se atendían allí, fueran de la especialidad que fueran. Tuve en ese momento la suerte que el jefe de servicio de UCI en aquellos momentos (el doctor Francisco Álvarez) se fijara en mí y fuese mi ‘padre’ médico, el que más medicina me enseñaba. Mientras yo estaba allí por las noches trabajando, él me llamaba y veíamos todos los enfermos. Cuando el doctor Carlos Pera Madrazo me vio allí ya me quiso enviar a estudiar trasplantes de riñón a Londres, aún cuando era estudiante. Él fue mi ‘padre’ quirúrgico. Desde un primer momento me vio, me protegió y me inspiró para poder hacer mi carrera médico-quirúrgica.

P: Vamos a detenernos un poco en esa influencia del doctor Álvarez, ¿qué aprendizaje recuerda de él, si tuviéramos que remitirnos a alguno, que todavía resuene en su memoria?

R: Lo fundamental era su dedicación absoluta a la medicina y al enfermo. Era un hombre que vivía, disfrutaba y sufría con los enfermos que llevaba en el hospital, mostraba una pasión completa por todo lo que hacía. Recuerdo que incluso fue mi director de tesina, y es que en aquella época se podía alcanzar la licenciatura pero era necesaria la tesina como paso previo al doctorado, y él me metió en el mundo de la pancreatitis aguda, sobre todo en la pancreatitis aguda quirúrgica. Hice una tesina que fue más que una tesina, una tesis doctoral, dirigida por él y que me influyó porque era una mezcla absoluta de toda la medicina, era hacer estudios hemodinámicos en enfermos con pancreatitis aguda. Después, veíamos tras la operación cuál era el factor pronóstico más importante, algo que en aquel momento estaba muy de en boga. El Dr. Álvarez fue mi director de tesina, y me inculcó no solamente una pasión por la medicina, por la cirugía mayor aún, sino que incluso me inspiró en la investigación clínica. Fue él quien me metió el veneno de tratar de demostrar o de confrontar siempre los resultados con la ciencia.

P: Hablamos de que usted trabaja en un hospital nuevo, en una provincia en la que no había una gran tradición médica. ¿Se considera también afortunado por haber dado con estas personas, que tenían una visión de la medicina más allá de lo asistencial?

R: Sí, la Facultad de Medicina y en el nuevo hospital se formaron con profesores nuevos, ilusionados, jóvenes y con muchas ganas de trabajar que a la vez eran jefes de servicio en el hospital. Eso fue una suerte para la sanidad y para mí en particular.

P: ¿De dónde parte el vínculo del Hospital Reina Sofía con el ámbito de los trasplantes?

R: El doctor Pera Madrazo en 1977 me dijo: «Sebastián, estudia rápido, que te tengo que mandar a Londres con Roy Calne a que aprendas los trasplantes de riñón, que es uno de los pioneros de la cirugía del trasplante hepático, y cuando sepas hacer un trasplante de riñón, nos vamos a hacer trasplantes hepáticos”. Aquello fue en 1978. Al profesor Pera todo el mundo lo conoce por su brillantez profesional, pero además era un hombre de una constancia inigualable y perseveró en un hospital de provincia mediana. En el primer trasplante de riñón que se hizo en Córdoba, estaba yo de celador. Era quien fumigaba y esterilizaba la habitación para los enfermos trasplantados. A continuación, en 1978 llegó como profesor a la facultad de medicina un inmunólogo con muy buena formación en trasplantes, que venía de Londres y que dio su apoyo desde el punto desde el punto de vista inmunológico que en aquel momento era muy importante al desarrollo del trasplante. Fue el doctor Peña Martínez y en 1985 de la mano de profesor Concha Ruiz vino el primer trasplante cardíaco en Andalucía, en Córdoba, uno de los primeros centros donde se hizo el trasplante cardíaco en España, con Madrid, Barcelona y Pamplona. En aquel momento mi jefe, el profesor Carlos Pera, estaba deseoso de hacer trasplantes y sobre todo los que le competían en su especialidad: el de páncreas y de hígado. Nos envío a un compañero mío, el doctor Evaristo Varo, cirujano de Santiago de Compostela, también con mucha dedicación a la oncología, que fue a Minnesota a aprender trasplante pancreático. Yo, que estaba recién terminada la residencia, la especialidad, me fui a París a aprender trasplante hepático y a la vuelta en 1989 unos años después del primer trasplante renal, y antes habíamos hecho trasplante de páncreas; fuimos el primer centro donde se hicieron esos cuatro trasplantes. Ahí estaba todo el sustrato y todos las mimbres para hacer algo especial, como ocurrió poco tiempo más tarde cuando abordamos el primer trasplante simultáneo de páncreas, riñón e hígado. Eso fue en 1995.

P: Y ese mismo año ya habían logrado un trasplante doble de páncreas y riñón.

R: Sí, y ya en 1997 recibimos el premio. Éramos cuatro servicios aunando esfuerzos por el trasplante y a eso se sumó el quinto servicio que hacía falta, el de pulmón, el de especialidad de cirugía torácica. Cuando se creó había un cirujano (que ahora es jefe de servicio y de la unidad), el doctor Ángel Salvatierra, que estuvo conmigo en Francia. Coincidimos él formándose en trasplante pulmonar y yo en trasplante hepático. Poco después de haber empezado el trasplante hepático, se hizo también el trasplante pulmonar y nos convertimos en el primer centro español que hacía en aquel momento todo tipo de trasplantes por no mencionar que fuimos precursores en España del uso de la ciclosporina, en el servicio de hematología y para el trasplante de médula ósea. Esto convirtió el hospital en una especie de huerto donde cualquier semilla de trasplante que cayera se desarrollaba y todo viene de esa coincidencia de la facultad y el hospital que se desarrollaron con gente joven y con mucho deseo de trabajar.

P: Fue también el primer alumno interno de la cirugía en la facultad, ¿cómo decidió usted orientarse a la cirugía, teniendo de partida una inclinación tan clara por la investigación básica?

R: Porque era el ámbito de desarrollo de la profesión más potente que había en el hospital. No digo que no hubiera otros servicios potentes, como el de hematología, nefrología o cardiología; pero el empuje fundamental venía de las especialidades quirúrgicas con los trasplantes.

Recuerdo una anécdota de un cirujano que se había formado en Madrid y que contaba en aquella época, cuando yo era celador y estudiante. Decía: «Yo,  cuando estaba de residente en el clínico de Madrid, iba a las sesiones clínicas y todo era ‘el enfermo fulanito, se diagnosticó de no sé qué y murió; el enfermo menganito, se diagnosticó y se operó, sobrevivió’, y entonces yo hice la reflexión ’¿habrá que operar a la gente para curarla?’, y aquella reflexión de aquel hombre y me hizo ver que la cirugía era una especialidad en un desarrollo espectacular en aquel momento. Y, aunque yo no me sentía capaz de iniciarme en la técnica y de hecho empecé la especialidad de anestesia y reanimación en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, justo allí fue donde vi empezar a muchos cirujanos de muchas especialidades, yo dormía a los enfermos y ellos operaban. Yo los veía y me decía ‘mejor lo hago yo, seguro que yo lo hago mejor’ y, efectivamente, a la siguiente convocatoria de MIR me cambié a cirugía y me volví al servicio donde yo había sido alumno interno, al Reina Sofía.

P: ¿Qué aprendió usted en aquellos años en el Paul-Brousse de París que no pudiera aprender en España?

R: El Paul-Brousse tenía una cirugía hepatobiliar muy desarrollada. Recibía enfermos de todo el mundo y no era un hospital de destino solo para los jóvenes, sino que allí iban a rotar todos los grandes especialistas de cirugía hepática y hepatobiliar del mundo. Además, contaba con el prestigio de su jefe de servicio, el profesor Henri Bismuth. El lugar era una escuela mundial donde se recibía hepatología hepatobiliar de todo el mundo, unos casos por dificultad y otros porque buscaban la categoría. Unos llegaban allí porque tenía la capacidad económica para hacerlo y otros porque tenían patologías muy complejas. Yo había estado antes en ese hospital aprendiendo la ecografía intraoperatoria que ahora mismo es fundamental en la cirugía hepática.

Esto se puede hacer”, se dijo al conocer las técnicas quirúrgicas del Hospital Paul-Brousse de París.

P: Además, ese ámbito fue el objeto de su tesis…

R: Sí. Yo había estado desarrollando la ecografía intraoperatoria en Córdoba en mi último año de residente y primero de adjunto. Fue cuando hice mi tesis y eso me llevó previamente una estancia en París antes 1988. Estuve dos años para aprender cirugía hepatobiliar y sobre todo ecografía intraoperatoria en la cirugía hepatobiliar. Allí conocí no solamente al profesor Bismuth, que era el patrón, sino también a otro cirujano extraordinario, de una habilidad magnífica, el profesor Denis-Castaing. Gracias a él vi cómo se podía aplicar la medicina, las pruebas complementarias y una radiología intervencionista hecha con ecografías y por un cirujano. Así se me abrió también un poco la mente a todas las opciones de la cirugía. Había gente técnicamente muy bien preparado. El me deslumbró, sobre todo cuando después de poner el hígado se desclampan los vasos sanguíneos y el hígado se llenaba de sangre. Era un momento magnífico para un cirujano que estaba empezando, algo extraordinario cuando durante en mi formación, poco antes, ni se hablaba del trasplante. Se hablaba de que los enfermos con cirrosis y con hepatitis fulminante se morían. Y yo, ocho o nueve años después de acabar, fui miembro del equipo quirúrgico que hizo el primer trasplante partido para dos receptores. El primer donante que se partió, el primer split de un hígado para dos receptores. Estuve extracción en Berna (Suiza) con un equipo internacional. Hicimos la extracción, luego ayudé a parte del equipo con el profesor Bismuth a partir el hígado en dos partes que tenían que ser una para cada receptor, y después estuve en el implante, todo esto seguido, con una de las receptoras. Aquello se hizo de un día para otro con vivencias excepcionales de todo tipo.

P: Usted estaba viviendo fenómenos casi de ciencia ficción durante formación…

R: Sí, eran vanguardia absoluta, pero no ya para una formación en medicina o cirugía, sino para la práctica profesional en esos ámbitos, porque utilizar un hígado de un donante para ponérselo a dos receptores era desconocido. Casi estaba uno viendo el futuro.

P: ¿Pensó alguna vez en que todas esas técnicas no podrían ser del todo realizables luego, a su vuelta a Córdoba, por carencias tecnológicas o de infraestructura?

R: No, esa sensación se me quitó cuando fui a aprender la ecografía y vi lo que allí se hacía. “Esto se puede hacer”, me dije. No vi en ningún momento dificultad, sobre todo sabiendo que tenía detrás al profesor Pera, un hombre que empujaba con una potencia tremenda, muy respetado y en el que todo el mundo tenía una enorme confianza. Era un conseguidor, un promotor extraordinario. Es verdad que al principio fui un poquito escéptico, pero poco después de estar en Francia la primera vez durante mi residencia se me quitaron todas las dudas al respecto.

P: ¿Cómo pasa usted se pasa a la cirugía del cáncer?

R: Tras los trasplantes, la vanguardia vino con la laparoscopia, que me dediqué a desarrollar en mi hospital. Dentro del desarrollo de esa técnica, hubo un momento en el que se cuestionaba la cirugía laparoscópica y su aplicación al cáncer, a la patología oncológica. Se dudó mucho en el ámbito internacional.

«Hubo un momento en el que se cuestionaba la cirugía laparoscópica y su aplicación al cáncer, a la patología oncológica. Se dudó mucho en el ámbito internacional».

P: ¿Por qué? ¿Cómo fue aquel proceso?

R: Porque decían que había una transmisión intraoperatoria y diseminación de la enfermedad. Veníamos de unos principios de la técnica en la que se establecía no tocar el cáncer en cirugía abierta al manipular el cáncer y a hacer unas resecciones más económicas. Hubo una especie de revolución con la cirugía laparoscópica y el manejo de la del cáncer. Se desmitificó un poco el manejo de la cirugía del cáncer lo que a un tiempo hizo posible también ser un poco más osados ,y de camino entramos en una situación en la que el desarrollo técnico que habíamos adquirido en el trasplante y en la cirugía laparoscópica eran como una bendición para el tratamiento de los enfermos con cáncer. De ese modo, se ampliaron las indicaciones y también, mucho, la resecabilidad de cánceres.

P: ¿Para muchos tipos de cáncer?

R: En cavidad abdominal, en las metástasis hepáticas, empezamos a desarrollar una cirugía que fue también muy importante en una determinada etapa. Vimos que el cáncer secundario, no solamente el primario, se podía abordar. Empezamos a acometer grandes resecciones, ampliar la gama de indicaciones que había en situaciones que antes eran intocables (como las llamadas ‘pelvis congeladas’), el que la vena porta estuviera tocada en un cáncer de páncreas o que hubiera un cáncer diseminado. Para nosotros, el cáncer diseminado no suponía ya una objeción, porque estábamos acostumbrados a tratar las metástasis hepáticas del cáncer de colon. Vas desarrollando la técnica, vas ampliando las indicaciones de resecabilidad, vas metiéndote en el cáncer secundario y cuando te das cuenta te planteas por qué no también en el cáncer extendido. Ahí jugó un papel importante un endocrino dedicado a la nutrición, de Córdoba pero que había trabajado toda su vida en el noreste de Francia y Suiza, el profesor Infante. Me decía: «Oye, ¿vosotros por qué no hacéis como un cirujano que hay en Lyon que aborda los enfermos con carcinomatosis? Aunque es una cirugía muy importante, ¿por qué no le metéis el diente a eso?» y en una conversación que tuvimos Carlos Pera y yo, mis jefes se animaron y surgió el caso de la madre de un compañero que tenía una carcinomatosis por un cáncer de ovarios. Mi jefe y yo nos metimos en aquella enferma, se resecó toda la enfermedad y se le dio quimioterapia. Con mi jefe anterior, Carlos Pera, no supe nunca lo que era dar un paso atrás y nunca hubo miedo al reto técnico.

P: Esto fue hacia 1996 y 1997, después de los grandes trasplantes.

R: Sí, cuando técnicamente le habíamos perdido el miedo a la cirugía vascular, a la resección de vasos, a las resecciones hepáticas mayores y metástasis… El trasplante era un ejemplo de cirugía oncológica: quitábamos el órgano enfermo y poníamos uno nuevo. Era el no va más.

P: Muchos años después empezaron a hacer las intervenciones muy pioneras en las que se usa la quimioterapia intraoperatoria en cáncer de ovarios.

R: Sí, eso fue en 1996-97.

P: ¿De qué manera empiezan a incorporar la quimioterapia intraoperatoria? ¿Fue por la inspiración del trabajo de Sugarbaker?

R: No, no, bueno, eso es a partir del desarrollo de Sugarbaker, pero en una conjunción y en una relación extraordinaria que siempre hemos tenido en nuestro hospital y entre nosotros con el jefe de oncología, el doctor Enrique Aranda. Siempre hemos ido de la mano. Nunca ha habido una rivalidad sino todo lo contrario, compañerismo y apoyo en lo que se hacía. Encontramos un apoyo enorme en el servicio de oncología en el tratamiento de las carcinomatosis y en el uso de la quimioterapia intraperitoneal. Mostraban al principio un cierto escepticismo, pero nos enviaban algunos enfermos y empezaron a ver resultados. Lo mismo pasó con las metástasis; ellos fueron los primeros convencidos que eso tenía que ir para delante.

El Dr. Rufián en la reunión de GECOP de 2012, en Córdoba, acompañado, de izquierda a derecha, por los doctores Muñoz, Sugarbaker, Deraco, Esquivel y Arjona.

P: Y en los últimos años, ¿cuáles han sido para usted los desarrollos más recientes en cirugía oncológica que ha incorporado usted a su labor?

R: En el tiempo que estuve de jefe de servicio, potencié la cirugía oncológica y la cirugía pancreática, aparte de seguir fomentando, como es lógico, los trasplantes. En ese tiempo empezamos a hacer en la misma unidad las carcinomatosis, los tumores retroperitoneales, cirugía de sarcoma en general, cirugía de tumores específicos, de sarcomas específicos y también empezamos a hacer, esto hace ya menos tiempo, cirugía oncovascular: los grandes vasos sanguíneos dejaron de ser un obstáculo en nuestro día a día.

«Encontramos un apoyo enorme en el servicio de oncología en el tratamiento de las carcinomatosis y en el uso de la quimioterapia intraperitoneal»

P: ¿En qué consiste esa cirugía oncovascular?

R: La cirugía oncovascular aborda la afectación de grandes vasos. Fue el límite de la cirugía oncológica, pero nosotros hacemos reparaciones y sustituciones de grandes vasos. De manera rutinaria, donde más reconocido está la técnica es en la cirugía del cáncer de páncreas, pero también en la cirugía oncológica de retroperitoneo, en situaciones de afectación de la aorta ilíaca por cánceres de colon y también en la cirugía que hemos desarrollado junto con urología de grandes tumores de riñón. De ahí vino la cirugía del cáncer vascular propiamente dicho, de los sarcomas de cava, de las resecciones de cava en liposarcomas. Hemos ido recibiendo enfermos durante todo este tiempo, que para otros servicios eran enfermos límite. Como hemos tenido siempre esa relación tan extraordinaria con otros servicios de Andalucía y con oncólogos, nos enviaban enfermos que consideraban que estaban fuera del alcance de sus posibilidades terapéuticas. Eso generó una corriente de una patología que nos hacía hospital de referencia para muchos cánceres.

P: ¿De qué proyectos de investigación reciente se siente más satisfecho?

R: Hemos tenido dos recientemente en carcinomatosis de ovario porque el doctor Paul Sugarbaker nos dio la pauta a seguir, pero él no había desarrollado una doctrina científica completa respecto a su tecnología, sino que había dado resultados clínicos. Hay que seguir todavía evaluando muchísimas cosas de la técnica para ir mejorando su rendimiento. Por eso hemos emprendido varios estudios. Uno de ellos, orientado hacia la temperatura, la hipertermia como tal.

P: ¿Por qué?

R: Porque nuestra etapa inicial en el laboratorio nos dijo que si nosotros utilizábamos el fármaco, el Taxol con hipertermia se nos iba a desactivar el fármaco y no íbamos a obtener un efecto. Empezamos a usar a temperatura ambiente sin hipertermia y poco después de los primeros casos, empezaron a decirnos que se podía usar en hipertermia. Ese grupo de enfermos iniciales nos sirvió de grupo comparativo, de grupo de control, para comparar con los casos de hipertermia. Así vimos que las diferencias en términos de periodos libres de enfermedad y de recidiva local eran similares. No había una gran diferencia de la aplicación de la quimioterapia con y sin hipertermia. Eso desarrolló una línea de investigación que está todavía en curso; y de ahí otra que es el trabajo que está ahora en vigor. Al frente está uno de los adjuntos que trabajan conmigo , el doctor Álvaro Arjona, que me propuso hacer un trabajo sobre la quimioprofilaxis en los casos de tumores de colon. Se está desarrollando y de momento parece que las expectativas son muy buenas.

P: ¿Se refiere usted al uso de HIPEC de manera profiláctica?

R: En los tumores localmente avanzados de cáncer de colon, los T4. En esos casos de colon se está haciendo un trabajo randomizado multicéntrico en el que están inscritos 17 hospitales de toda España que colaboran en la recopilación de casos, prospectivos, randomizados, con todas las garantías científicas. Estamos comparando dos grupos; el grupo en el que se operan esos enfermos con la misma técnica quirúrgica y sin quimioterapia, y otro grupo en el que se están operando con quimioterapia para así ver qué posibilidades tenemos con respecto a la prevención del desarrollo de carcinomatosis. No sabemos si de ahí saldrán más datos, pero en principio el objetivo es este.

P: Usted ha desarrollado también una labor altruista en Cuba, Santo Domingo y República Centroafricana.

R: En Cuba hemos colaborado sobre todo al principio en trasplantes. En Santo Domingo he dado charlas sobre formación de trasplante hepático, porque allí la actividad es muy lenta. Tienen muchos donantes, y jóvenes, porque los accidentes de tráfico generan muchas donaciones, pero no tienen una sanidad pública que cubra la prestación de los trasplantes. En África estuve por la Fundación Bangassou. Ahora colaboramos desde aquí porque la colaboración in situ resulta difícil porque hay guerrilla, mucha violencia y no hay seguridad.

Parte del equipo de Cirugía Oncológica y Pancreática del Hospital Reina Sofia de Córdoba.

P: Para cualquier estudiante de medicina que esté planteándose en orientar su carrera hacia la cirugía del cáncer, ¿cuál cree que es la principal destreza debe de tener y cuál es el mayor reto que cree que se enfrenta en ese ámbito de la medicina?

R: Esto me lo planteo a diario, en mi faceta de profesor universitario. La principal cuestión es que tienen que abrir la mente a la cirugía, porque llegan al final de carrera con unos conceptos antiguos, en los que la cirugía parece que estuviera desconectada de las especialidades médicas “puras”. Yo procuro abrirles la mente y les digo: «Pero si es que ya ni en las carreras clásicas ni las especialidades clásicas son médicas puras, si es que la cardiología es mixta, la endoscopia de pulmón y la endoscopia digestiva han hecho que sean especialidades médico-quirúrgicas…”.

Con respecto al cáncer, lo primero que hay que quitarles de la cabeza es que la única especialidad que cura el cáncer es la oncología médica, y demostrarles que siguen siendo las diferentes especialidades quirúrgicas la base del tratamiento del cáncer. Eso sí, lejos de refugiarse en la cirugía, lo que tienen es que ampliar el uso de otras herramientas a nuestro alcance, como la radioterapia intraoperatoria o la quimioterapia intraoperatoria. Es decir, no solo disponer de la herramienta quirúrgica pura, sino todo tipo de herramientas de diagnóstico y de tratamiento en la erradicación del tumor. Hay que tenerle mucho menos miedo al cáncer que a no poder tratarlo. Ese es el mensaje que les lanzo directamente. Para eso, además, hay que tener una formación muy sólida, no solamente de cirugía sino en oncología médica o en fisiopatología. Una formación muy amplia porque son enfermos que hay que nutrir, mucho más susceptibles a las infecciones. Son enfermos especiales para los que se necesita una formación un poco superior, del mismo modo que para los trasplantes se necesita una formación superior, porque tienes que conocer las patologías de los enfermos que van a trasplantar. La formación necesaria para el cáncer es muy buena tanto en el aspecto clínico como en sus complementarios de nutrición, de infecciones, de diagnóstico por la imagen, que resultan esenciales para enfrentarse con éxito al cáncer.

P: De no haber llegado a esa facultad de medicina de manera casi providencial, ¿hubiera sido usted un profesor de geografía?

R: No, probablemente yo hubiera sido de biología. Me he planteado empezar a estudiar geografía ahora en la universidad a distancia. Por lo pronto, con Google Earth, una herramienta maravillosa, estudio geografía e incluso “hago turismo” en el sitio que tengo previsto viajar después.

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